domingo, 24 de agosto de 2025

EL TAROTISTA

Leer las cartas nunca es un acto ligero.
Quien abre un mazo no se encuentra solo con símbolos, sino con historias guardadas, con preguntas que arden en silencio y con dolores que a veces ni siquiera fueron nombrados.

El tarotista escucha con los ojos, con la piel y con el alma.
Recibe emociones que no le pertenecen, acompaña miedos que no son suyos y se deja atravesar por la esperanza de la otra persona. Esa corriente invisible entra, circula, y aunque no siempre se vea, deja huellas.

Porque la lectura no es únicamente un espacio de consulta, es un intercambio profundo.

El consultante se entrega para ser visto, y el lector ofrece mucho más que palabras, pone el cuerpo como canal, la energía como sostén y la presencia como testimonio.

Y al cerrar la sesión, no siempre se cierra la energía.
A veces queda un cansancio inexplicable, una nostalgia que no reconocemos o una tristeza que no tiene nombre.
Es el eco de aquello que hemos acompañado, y que ahora nos pide ser transformado y liberado.

El tarotista también necesita rituales para volver a sí mismo.
No basta con saber leer símbolos, hace falta saber vaciarse.
Un baño con plantas, el humo de un incienso, una vela encendida en silencio, un momento de respiración profunda o incluso un llanto que limpia… son formas sagradas de recordar que lo recibido no nos pertenece.

El autocuidado no es un lujo ni un capricho, es una disciplina espiritual.
Solo un corazón que se limpia puede seguir siendo espejo, solo un cuerpo que se cuida puede volver a ofrecer sostén.

Cada lectura es un círculo de dar y recibir. 
El consultante encuentra luz en sus cartas, y el tarotista encuentra su fuerza en los rituales que lo devuelven al centro.

Porque al final, el tarot no es solo cartas ni símbolos.
Es un acto sagrado donde dos almas se encuentran.
Una busca respuestas, la otra presta su voz al misterio.
Y en ese instante, ambas se transforman.

El tarotista aprende a dar, pero también a soltar.
Porque solo quien sabe vaciarse puede volver a llenarse de luz.

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