Soñé que era libre, que el mundo callaba,
que el viento arrastraba mi voz de cristal,
que nadie juzgaba mi canto y mi andanza,
que ser como soy, era muy natural.
Soñé que mi carne no era condenada,
que amaba sin miedo, sin cruz ni puñal,
que el beso era rito, que el gozo era savia,
y que el alma huía del bien terrenal.
Soñé que escribía sin miedo a los hombres,
que mi verso era lanza y también era hogar,
que no me dolía mi sombra y mi nombre,
ni el tiempo fraguaba mi forma de amar.
Soñé que mis besos bordeaban tu orilla,
que mi cuerpo era duro, como el frágil coral,
que no era mujer, sino flor sin esquila, locura esculpida en un bello rosal.
Desperté temblando, mi voz desgarrada,
¡ay, sueño, no tornes a tu pedestal!
Pues si me condenan por ser desbocada,
prefiero ese sueño que esta realidad.
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